Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Signos de Credibilidad: el Santo Grial

Salvador Antuñano

El sentido cristiano del Santo Cáliz de la Cena

"La copa de bendición que bendecimos,
¿no es acaso la comunión con la Sangre de Cristo?" (1 Cor 10, 16)

DESDE LOS REMOTOS TIEMPOS MEDIEVALES, la búsqueda del Santo Grial ha embriagado la fantasía y ha enardecido el corazón de generaciones enteras. La Santa Copa que contuvo la Sangre Preciosa de Cristo ha articulado leyendas, ha generado poemas, romances y novelas, ha cautivado a músicos, pintores, guionistas, directores de cine, ha traspasado las fronteras de la historia y la realidad y ha descubierto continentes fabulosos de mito, gloria y magia. En ocasiones incluso se ha mezclado con elementos de corrientes esotéricas y ha desatado las más disparatadas -y aberrantes- conjeturas. En él encontraron inspiración y aliento los nobles y esforzados caballeros de beneméritas órdenes militares. Se ha buscado el Grial en los bosques ingleses, en las penumbras de Escocia, en la verde Irlanda, en los Pirineos españoles y franceses, en Montserrat y Montsegur, y, en su afán de hallarlo antes que los nazis -existen testimonios de que Hitler anhelaba poseerlo- el heroico Indiana Jones arrostró mil peligros hasta internarse en los secretos de la admirable y antigua ciudad de Petra. Los ecos de la demanda del Grial reverberan en Don Quijote, en la fuerza teutona el Parsifal de Wagner y la dramática trama del Señor de los Anillos.

Pero, de verdad, ¿se pudo haber conservado y existe, por tanto, la posibilidad real de encontrar en algún lugar del planeta la Copa usada por Cristo en su Última Cena? ¿Quién la pudo haber guardado, dónde está, tiene realmente poderes sobrenaturales? ¿Qué sentido y utilidad puede tener? Existe en España, conservado en la Catedral de Valencia, un vaso helenístico de ágata, tallado en el Oriente Próximo en torno al siglo I de nuestra era, rodeado de una tradición milenaria, apoyada por indicios históricos, que lo venera como el Santo Cáliz de la Cena. Las breves páginas que siguen intentarán exponer el sentido que esta reliquia tiene para el Cristianismo. Para ello será necesario reflexionar sobre el papel que en la vida de la Iglesia se da a las reliquias y sobre el fundamento de tradición e historia que avalan la que en Valencia se venera; así podremos descubrir el hondo significado místico del Santo Cáliz.

Antes de seguir adelante conviene hacer una advertencia al lector benévolo. Hemos ya apuntado que en más de alguna ocasión se ha querido mistificar el Grial con creencias esotéricas y paganas -así, se lo relaciona frecuentemente con los calderos mágicos de la antigua religión druídica, con pretendidos ritos primitivos de los pueblos celtas y germánicos, con iniciaciones de sociedades secretas y hasta con los jeroglíficos de las tumbas faraónicas-. Al hacerlo, explícita o implícitamente, se niega o al menos se diluye el valor que el Grial puede tener como vaso de la Sangre de Cristo, al tiempo que se aceptan irracionalmente absurdísimas supersticiones de estilo gnóstico y sincretista. Por nuestra parte, el estudio de la Edad Media, de su historia, su literatura, usos y costumbres, nos ha llevado al convencimiento de que las leyendas griálicas no sólo tienen una neta, clara y exclusiva vinculación con el Cáliz de Cristo, sino que son ricas y hondas expresiones de la ascética y mística cristianas orientadas especialmente al culto de la Eucaristía. Por esto, rechazamos las interpretaciones paganizantes o esotéricas como espurias y anacrónicas -cuando no claramente tergiversadoras-. Por esto también nos olvidaremos de ellas en este escrito.

1. El sentido de las reliquias en la Iglesia

Si en algún lugar los cristianos conservaron el Cáliz de Cristo, este Cáliz sería entonces una reliquia del propio Maestro y Señor. Es decir, sería un objeto que Él tuvo o usó y que es "lo que nos ha quedado" -que eso viene a significar reliquiae en latín-. Por eso conviene tener presente el lugar que ocupa la veneración de reliquias en el Cristianismo. Lo que la Iglesia nos dice , sobre esta forma de piedad de los fieles y de religiosidad popular nos permite resaltar tres datos:

El primero, que la comunidad cristiana ha sentido siempre -siente todavía hoy- una gran estima por las reliquias y las ha usado como medio catequético y de culto. Ha habido momentos a lo largo de la Historia en los que el fervor por las reliquias era mayor que en otros. Se suele señalar sobre todo las Cruzadas -por el acercamiento a la Tierra del Señor- y las persecuciones -por la veneración y el cariño a los mártires-. Pero ha habido muchos otros: el siglo XVI y XVII en España, por ejemplo. Ya en el inicio mismo del Cristianismo, la Iglesia sintió una cierta necesidad de "conservar" algo del Maestro y de sus primeros discípulos: el propio Nuevo Testamento nos da signos de la veneración que tenía, aun en vida, la Madre del Señor y su familia, así como el cariño mostrado por el cadáver del protomártir San Esteban.

El segundo, que la Iglesia tiene el deber de "sostener y apoyar, purificar y rectificar" estas devociones y lo ha hecho y lo hace por medio del discernimiento pastoral de los obispos. Y es que la primera interesada en la autenticidad de las reliquias y en su recto lugar en el culto cristiano es la propia Iglesia. Así, si es verdad que en ocasiones se han dado abusos en la veneración de las reliquias -y algunos realmente escandalosos-, no es menos cierto que la Iglesia ha intervenido para corregir los excesos y dejar las cosas en su sitio. Pues la Iglesia sabe y ha sabido siempre distinguir lo esencial de lo accidental, lo central de la fe y los que pueden ser medios prescindibles a los que no se les debe dar más importancia que a las cuestiones fundamentales.

El tercero, que las reliquias tienen sentido sólo y en la medida en que ayudan a la comprensión del misterio de Cristo. Sirven para la catequesis porque ayudan a llegar a Cristo. Favorecen la devoción porque nos ayudan a la contemplación espiritual de las realidades divinas. Este carácter esencial de las reliquias invalida la acusación de idolatría y superstición, como muy bien probaron los antiguos teólogos en las contiendas sobre la legitimidad y validez de las imágenes. Las reliquias y las imágenes no son ni el fundamento ni el término final de la fe; son sólo medios para poder vivirla más fácilmente, pero nada más. La fe se funda y termina en un origen y meta más altos: la experiencia personal del encuentro con un Dios que me ama en Cristo. Y la función de las reliquias y de las imágenes y de otras formas de devoción es precisamente esta: facilitar ese encuentro personal, la comprensión del Misterio de Cristo, bien mediante el recuerdo que suscita en nosotros el amor que los santos han tenido por el Señor, bien porque hacen referencia directa a su vida, persona y misión redentora.

Por todo esto, el sentido "auténtico" de las reliquias o de las imágenes sagradas, va mucho más allá de su mero origen histórico. Este origen histórico es algo que importa mucho a la mentalidad moderna, sobre todo desde los movimientos positivistas e historicistas del siglo XIX, pero es algo sumamente secundario y trivial para otras épocas y, desde luego, para valorar como "sagrada" una imagen o reliquia. La "autenticidad" de las reliquias e imágenes sagradas está sobre todo en su vinculación espiritual con el Misterio de Cristo. Es mucho más un valor de "icono", según la comprensión cristiana del término -imagen que simboliza un misterio con el cual me comunica-, que de vestigio arqueológico. Es el Misterio de Cristo lo que la Iglesia tiene en cuenta cuando propone al culto las reliquias y las imágenes sagradas; es ese Misterio lo que la piedad popular y el sentido de los fieles ven a través de pinturas y escayolas, huesos y astillas. Si se tiene en cuenta ese sentido auténtico, bien poco importa que la devoción se afiance más sobre tradiciones seculares que sobre documentos históricos -sin perjuicio del necesario estudio propio del discernimiento pastoral-.

Por lo demás, las reliquias en la Iglesia no son sino la elevación al ámbito sagrado y cristiano de una actitud humana básica y natural: el cariño por las cosas de la persona amada. O, dicho de otra forma, el amor a los seres queridos traducido en el cariño por los objetos que nos los recuerdan. Llevamos la foto de la familia en la cartera, guardamos las cartas escritas por el amigo, conservamos el regalo que nos hizo la abuela,... y todos los pueblos han mostrado signos de esta actitud tan universal, han venerado la memoria de los antepasados -hasta el punto de divinizarlos-, les han levantado monumentos y relicarios que, con diversos nombres, conservan sus posesiones, sus obras y sus mismos cuerpos: museos, palacios, archivos, bibliotecas, mausoleos. Ni siquiera las sociedades más agnósticas o materialistas han podido escapar a esta indeleble manifestación espiritual: en la Plaza Roja de Moscú custodia -y hasta no hace mucho con veneración más que religiosa- el embalsamado cadáver de Lenin, y bajo el oscilante péndulo de Foucault el Panteón de París entierra los despojos -reliquiae- de hombres como Voltaire, Rousseau, Zola... Las reliquias cristianas son una muestra más de que el Evangelio asume lo humano y lo eleva, según el principio teológico de que gratia non destruit naturam, sed perficit.

Y son también, por ello, un signo de que el Cristianismo es la religión de un Dios encarnado: el Dios de Jesucristo no es una divinidad lejana e impasible en su cielo metafísico y que exija la adoración de purísimos espíritus puritanos sin contaminación de la materia, ni mucho menos el primer motor inmóvil que se basta a sí mismo. Por el contrario, es un Dios-Hombre, que se cansa al caminar y necesita beber cuando tiene sed, que siente la fuerza del afecto y llora ante la tumba de un amigo, que ha aprendido un lenguaje humano de labios de su Madre, que no tiene reparos en disfrutar de un banquete y se estremece de miedo, angustia y tristeza ante el dolor, y que para vencer nuestra muerte, antes quiso compartirla y probarla. Si Dios entró en nuestra historia de esa forma tan humana, ¿qué puede tener de extraño que queramos conservar "lo que queda" de su paso por el mundo, los objetos que nos ayudan a recordarlo? Ese y no otro es el verdadero sentido que tienen en la Iglesia las reliquias.

2. Tradición e historia del Santo Cáliz de la Cena

Como toda reliquia, ese será también el valor del Santo Cáliz de la Cena que se conserva en la Catedral de Valencia. Pero antes de entrar a fondo en la relación que este vaso puede tener con el Misterio de Cristo, es necesario detenernos en comentar brevemente su historia y su tradición, porque son ellas su vínculo cronológico con la época y el lugar de la vida del Señor.

El documento histórico escrito más antiguo que nos habla con toda claridad del Santo Cáliz es la escritura de donación del Cáliz, hecha por los monjes de San Juan de la Peña al Rey de Aragón Don Martín I el Humano; pergamino 136 de la colección de este Rey en el Archivo de la Corona de Aragón, fechado el 26 de septiembre del año de la Natividad del Señor 1399 . Este texto nos describe fielmente el cáliz de piedra que se conserva hoy en Valencia. A partir de ese momento su trayectoria está completamente documentada, como podrá verse por la reseña que más abajo haremos. Antes de esa fecha, no conservamos ningún documento que nos hable de él. Lo único que tenemos es, por una parte, la propia realidad material del Cáliz y, por otra, una antigua tradición apoyada por vestigios e indicios razonables.

Sobre la realidad material del Cáliz, la Arqueología nos dice bien claro que el vaso existía con bastante anterioridad al siglo XIV, cuando aparece referido en el citado pergamino. La Arqueología nos dice que el conjunto del objeto está formado por tres partes: dos vasos de piedra y una montura de oro labrado y ornado con perlas y piedras finas. La labor de orfebrería -y por tanto del montaje- puede fecharse, de acuerdo con su estilo artístico, entre el siglo XIII y el inicio del XIV . El vaso que sirve de pie al Cáliz es de piedra calcedonia, de forma elipsoidal, lleva una inscripción cúfica y su talla, que es menos refinada que la de la copa, puede datarse en la Medina Azzahra de Almanzor, en el siglo X o, si procediera de otro taller, entre ese siglo y el XII ; tallado seguramente para un fin distinto, sin embargo este vaso llegó, sin que se sepa muy bien de qué modo, a formar el pie del conjunto . La Copa propiamente dicha, sin embargo, es mucho más antigua. Don Antonio Beltrán, Catedrático de Arqueología de la Universidad de Zaragoza, que la estudió por encargo del Arzobispo Olaechea y la describe con precisión científica , tras la comparación con objetos similares y el análisis crítico de los documentos a su alcance, encuentra que la factura y el estilo del Cáliz apuntan a un taller oriental -Egipto o Palestina- y a los últimos momentos del arte helenístico -siglos II a.C.-I d.C.- Se corresponde con el tipo de vasos usados para solemnidades o pertenecientes a casas ricas. Cuando entra en la historia lo hace rodeado de una veneración tal que lo había enriquecido con orfebrería y un pie de piedra. Por todo esto, concluye que:

«La Arqueología no solamente no prueba lo contrario ni censura la substacia de la tradición sobre el Santo Cáliz, sino que apoya y confirma terminantemente la autenticidad histórica, puesto que puede hacer, rotundamente, las siguientes afirmaciones:
1) El Cáliz de la Catedral de Valencia pudo estar en la mesa de la Santa Cena. Pudo ser el que Jesucristo utilizó para beber, para consagrar o para ambas cosas.
2) Siendo de fecha anterior a la celebración de la Cena y de taller oriental, el Santo Cáliz, que salió de San Juan de la Peña en 1399, tuvo que llegar a dicho monasterio antes de la fecha citada, siendo indiferente para la cuestión de su autenticidad, como Cáliz de la Cena, la forma y el momento en que allí llegase.
3) El pie es un vaso egipcio o califal del siglo X u XI y fue añadido, con rica orfebrería, a la copa, hacia el siglo XIV, porque se creía entonces, firmemente, que era una pieza excepcional. Y no siéndolo por su materia, factura o adorno, es de suponer que su importancia residía en el contacto que tuvo con las manos y los labios del Señor.
4) Si alguien encuentra argumentos en contra de alguna de las afirmaciones o hipótesis de este trabajo, siempre quedaría en pie la firme posibilidad arqueológica de que el Santo Cáliz de la Catedral de Valencia fuese el de la Cena del Señor ».

Esto es lo que el Cáliz puede decir de sí mismo por boca de la Arqueología. Está también el testimonio de una antigua tradición que, además de corroborar el fundamento arqueológico, se apoya en vestigios e indicios suficientemente racionales y verosímiles. De acuerdo con ella, el Cáliz pasaría de Jerusalén a Roma con San Pedro, y con él celebrarían los misterios los primeros Papas. En torno al año 258 llegaría a España, a la zona de Huesca, enviado por San Lorenzo tras el martirio del Papa Sixto y antes del suyo propio, con la intención de preservarlo así del expolio de la persecución contra la Iglesia decretada por Valeriano. Allí estaría hasta la invasión musulmana, cuando los fieles lo salvarían ocultándolo en diversos puntos de la montaña. A medida que la Reconquista avanza, se consolida también una discreta veneración en diversas iglesias. Es muy posible que a mediados del siglo XI estuviera en Jaca, conservado por los obispos y que, al instaurarse el rito romano en el Reino de Aragón -año 1071- pasara al Monasterio de San Juan de la Peña, no sin la oposición de los obispos de Jaca y el consentimiento de la Corona. En el silencio del Monasterio se conservaría el Cáliz durante más de tres siglos...

Todo lo que decimos en el párrafo anterior es tradición y no historia. Sí, pero cuenta con indicios suficientemente verosímiles: de la lectura del Nuevo Testamento resulta posible que Cristo celebrara la Última Cena en la casa de san Marcos y san Marcos era una especie de secretario de san Pablo y de san Pedro, con quien parece que va a Roma. No sería extraño que el Evangelista hubiera conservado el vaso -un vaso de su vajilla- en el que el Maestro consagrara la Eucaristía; tampoco sería extraño que se lo entregara a Pedro y éste Lino, Lino a Cleto, Cleto a Clemente,... El canon romano de la misa se elabora sobre el rito usado por los Papas de los primeros siglos. En una de sus partes más antiguas, la fórmula de la consagración, este canon presenta una ligera variante con otras liturgias. Así, mientras la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo -el rito griego de la misa- en la consagración del vino dice simplemente: "del mismo modo [tomó] el cáliz con la bebida diciendo...", el canon romano -el de los primeros papas- establece: "del mismo modo, acabada la cena, tomo este cáliz glorioso en sus santas y venerables manos, dando gracias te bendijo, y lo dio a sus discípulos diciendo....", de tal forma que parece insistir en un cáliz particular y concreto: el mismo que usara el Señor en su Cena. Por otra parte, nos consta por la Historia que el Papa San Sixto, antes de su martirio, confía los bienes de la Iglesia a su protodiácono Lorenzo, y que éste los "pone a salvo" transformándolos en caridad. Es verosímil que San Lorenzo hubiera dispuesto salvar el Cáliz de Cristo haciéndolo salir de Roma a un lugar seguro -las montañas de su tierra hispánica-.

El silencio de largos siglos en la Edad Media sobre la situación exacta del Santo Cáliz no debe tampoco extrañar si se tiene en cuenta el riesgo de perderlo, por una parte, a manos del invasor musulmán y, por otra, a manos de comunidades cristianas más fuertes y consolidadas. Por lo demás, ese silencio no es absoluto, pues las localidades por donde parece que el Cáliz pasa coinciden con referencias a la Última Cena, a San Pedro y a San Lorenzo y San Sixto -y con un sonoro murmullo de leyendas griálicas que apuntan directamente a España, a monjes guardianes, a parajes montañosos, riscos y acantilados, a sigilios, a liturgias sagradas,...-. Las, para el momento, desproporcionadas dimensiones y esplendor de la catedral de Jaca no se justifican completamente en una sede episcopal que está a punto de dejar de serlo por la inminente reconquista de Huesca, y ello hace pensar en que la intención de levantar tan magnífico templo era la de hacerlo relicario del Cáliz. El enconado contencioso entre los monjes de San Juan de la Peña y los obispos de Jaca, en el que tercian el Rey y el Papa está registrado por la historia, aunque en ninguno de los testimonios se hace referencia al sagrado Vaso y sí a cuestiones de jurisdicción y dependencia. Esta omisión, sin embargo, parece, como otras veces, fruto de una discreción extremada por ambas partes, ya que lo que está en juego, entre otros derechos, es una preciada reliquia que podría ser reclamada por la misma Roma, su propietaria original.

El Santo Cáliz aparece en la historia documentada, como dijimos más arriba, cuando el Rey de Aragón Don Martín el Humano lo recibe y conserva en el palacio de la Aljafería en 1399. Tiempo después lo lleva consigo al trasladar la corte a Barcelona. El Cáliz llega a Valencia con Alfonso V el Magnánimo, quien lo instala en la capilla de su palacio. Urgido de dinero para las campañas de Italia, lo empeña, junto con otras reliquias, a la Ciudad y a la Catedral, cuyo Cabildo se erige así en custodio del Santo Cáliz . El Rey no logra rescatarlo, aunque él y sus sucesores, al menos hasta Carlos I, conserven todavía la titularidad. Haciendo uso de ella, Fernando el Católico vuelve a empeñarlo en julio de 1506, junto con otras joyas y prendas, por cuarenta mil ducados de oro. Lo hará también Carlos I en 1524. Tras esta fecha, y por la insolvencia de los monarcas, se lo consideró pleno iure pertenencia del Cabildo Catedral, que lo conservó, según parece, en la capilla de las reliquias y pronto lo propusieron al culto público.

Tal culto estaba ya suficientemente consolidado cuando, medio siglo más tarde, el 26 de enero de 1585, el Rey Don Felipe II visitaba Valencia y asistía a la procesión del Caliz que, siguiendo el ritual del Corpus Christi, había ordenado el Patriarca-Arzobispo San Juan de Ribera. Este Prelado dispuso también que se estudiara la autenticidad de las innumerables reliquias conservadas en la Catedral y mandó quemar muchas que los expertos consideraron falsas o dudosas. Conservó sin embargo el Santo Cáliz y en la Biblia de su uso personal, al margen del capítulo 26 del Evangelio donde San Mateo nos refiere la Cena del Señor, el Patriarca-Arzobispo apunta: "hic calix usque hodie in hac nostra valentina ecclesia asservatur" -este cáliz hasta hoy en esta nuestra iglesia valenciana se conserva-; a continuación describe la factura del vaso y documenta su antigüedad con una cita de Plinio sobre los vasos murrinos. Bajo el pontificado de San Juan de Ribera se intensificó la devoción al Santo Cáliz, gracias, entre otros, al Canónigo Don Honorato Figuerola, quien legó una renta para su culto.

El Santo Cáliz se utilizaba en las celebraciones del Jueves Santo para reservar la Eucaristía después de la Misa. Hasta que el 3 de abril de 1744, Viernes Santo, se le cayó de las manos al Arcediano Don Vicente Frígola y la copa de ágata se rompió en dos. Esa misma tarde Luis Vicent, joyero y orfebre y sus dos hijos Luis y Juan, repararon el vaso lo mejor que pudieron, pero se habían perdido unas astillas. De todo esto levantó acta el Cabildo, que además decidió no volver a utilizar el Santo Cáliz para evitar mayores daños.

En la Guerra de Independencia, el Cáliz tuvo que ser trasladado a Alicante, para evitar su ruina o robo en 1809. Y aunque volvió a Valencia al año siguiente, tuvo que volver a salir, por la misma causa, esta vez a Ibiza y a Palma de Mallorca, hasta septiembre de 1813. A su retorno se restablece el culto y en 1915 el Cabildo decide transformar la antigua sala capitular de la Catedral en Capilla del Santo Cáliz, donde este quedó instalado en la Solemnidad de la Epifanía de 1916. Veinte años después tuvo que escapar de nuevo, gracias al Archivero de la Catedral Don Elías Olmos Canalda, al Sacristán Mayor Don Vicente Berenguer y a Doña Sabina Suey, quien tuvo el valor de sacarlo, envuelto en periódicos, de esa capilla el 21 de julio de 1936. Tres horas más tarde, la Catedral estaba en llamas. Cuando se extinguió el fuego de la Guerra, se entregó solemnemente el Cáliz al Cabildo el 9 de abril de 1939, Jueves Santo y se lo instaló en su capilla reconstruida el 23 de mayo de 1943.

A partir de entonces se intensifica el culto y la devoción al Santo Cáliz, gracias sobre todo a la acción del Arzobispo Don Marcelino Olaechea y de los Canónigos Celadores del Santo Cáliz, Don Benjamín Civera, Don Vicente Moreno, Don Miguel Canet y Don Jaime Sancho. El Arzobispo Olaechea renueva la Real Hermandad del Santo Cáliz Cuerpo Colegiado de la Nobleza Titulada Valenciana, cuyos estatutos se habían aprobado en 1918, y promueve la creación de la Cofradía del Santo Cáliz, que erige canónicamente el 25 de noviembre de 1955. Ambas instituciones tendrán como misión velar por la conservación de la reliquia y la difusión de su culto. Don Marcelino decretó también un Año Jubilar por el XVII centenario de la llegada del Santo Cáliz a España y con esta ocasión promovió una serie de celebraciones que culminaron con el viaje de la Reliquia a los lugares y comarcas donde estuvo desde el siglo III. Fue Don Marcelino también quien, llevado de su obligación pastoral, encargó un estudio arqueológico del Santo Cáliz al Catedrático Don Antonio Beltrán, estudio magnífico, objetivo y serio que, como ha quedado dicho, permite datar la copa de ágata en el tiempo y ambiente de Jesucristo .

Los siguientes Arzobispos se han esforzado también por extender el culto y la devoción al Santo Cáliz, como icono de la Eucaristía. Así, Don José María García Lahiguera lo propuso como materia de reflexión en el VIII Congreso Eucarístico Nacional y en su episcopado la Diputación Provincial de Valencia restauró la Capilla del Santo Cáliz. Así también Don Miguel Roca Cavanellas continuó la promoción de peregrinaciones. Y el Arzobispo actual, Don Agustín García-Gasco, ha logrado difundir la veneración más allá de los límites de la Comunidad Valenciana. Bajo su pontificado la Real Hermandad completó en 1992 el retablo gótico de la Capilla con dieciséis imágenes de piedra alabastrina.

Uno de los momentos más importantes de la Historia del Santo Cáliz fue, sin duda, la visita del Santo Padre Juan Pablo II a Valencia el 8 de noviembre de 1982. Tras venerar la Reliquia en su Capilla, el Papa celebró la Misa con ella en el paseo de la Alameda. La historia del Santo Cáliz seguirá, como sigue la historia de la propia Iglesia, pero el gesto de Juan Pablo II al consagrar en él la Sangre del Señor puede considerarse como el hito que introduce la reliquia en el tercer milenio.

3. La verdadera mística del Santo Cáliz de la Cena

Hemos comentado ya el valor que tienen las reliquias en la Iglesia y el trasfondo de tradición y de historia que avala el Santo Cáliz. Puestas esas premisas, intentaremos ahora señalar el hondo significado espiritual que el Vaso tiene para la devoción cristiana, o lo que es lo mismo, la verdadera mística del Santo Grial. Para hacerlo, nos centraremos en tres aspectos que consideramos esenciales: su valor como icono sacro, su relación directa con el Santísimo Sacramento -el núcleo fundamental- y su proyección en leyendas y símbolos.

Para el Cristianismo, un icono sagrado no es sólo una imagen -pintura o escultura- piadosa, con calidad más o menos artística o artesanal. No es ni siquiera una mera representación de un motivo religioso. Es mucho más que eso: es un medio para la contemplación espiritual, para la meditación y para la oración. El icono es sagrado porque su imagen evoca un misterio salvífico y, de una forma espiritual pero real, tiene como finalidad poner a quien lo contempla en comunión con ese misterio, hacerlo partícipe de él, protagonista. Esta no es ninguna propiedad "mágica" del icono, sino simplemente su carácter como medio eficaz para la oración, para la elevación de la mente y del corazón a Dios. por eso los iconos son "sagrados" y son objeto de un culto que, obviamente, no es adoración de la materia de la imagen, sino la veneración devota de su "modelo original" -Cristo, la Madre de Dios, los Santos, los hechos de la Salvación,...-. Por eso también, en la tradición oriental de la Iglesia, existe la piadosa costumbre de pintar los iconos de rodillas y en oración: porque el icono no sólo es medio para la contemplación, sino también obra suya.

De esta forma, un icono tiene en el Cristianismo la misma función que la de las reliquias: favorecer la comprensión del Misterio de Cristo y el encuentro personal con Dios. Y para este fin, como indicábamos antes sobre las reliquias, la "autenticidad histórica" es secundaria. En el caso del Santo Cáliz, ya hemos visto que la autenticidad histórica, aunque no pueda ser concluyente, tiene una verosimilitud fundada en indicios muy razonables. Pero, para la fe y la devoción cristianas, mucho más importante que esa autenticidad histórica es el carácter y condición de icono sacro que tiene el Vaso de Valencia: los datos de la tradición y de la historia nos apuntan seriamente la posibilidad de que fuera el mismo Cáliz que el Señor usó la noche en que iba a ser entregado; pero el pueblo cristiano no lo venera tanto porque tenga la certeza absoluta y comprobada de que era ese y no otro, sino más bien porque le recuerda, le representa, le traslada al momento sublime en que el Hijo de Dios nos dejó su Sangre como bebida antes de derramarla en la Cruz. Además de una reliquia secular, el Santo Cáliz de la Cena es precisamente eso que parece indicar su nombre: un icono sacro de la Última Cena. De acuerdo con este carácter, el pueblo fiel, al venerar el Santo Cáliz, contempla, actualiza y revive el momento en que Jesús "tomando un pan, recitó la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: Éste es mi cuerpo, el que por vosotros es entregado. Haced esto en memoria de mí. Y después de cenar tomó igualmente el cáliz y dijo: Este cáliz es la nueva Alianza en mi sangre, la que por vosotros es derramada..." (Lc 22, 19-20).

Por eso el núcleo y fundamento de la veneración del Santo Cáliz está en el Misterio Eucarístico. Lo que el Vaso representa y a donde apunta directamente es al Sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Nos recuerda el amor de Cristo en la Cruz, donde derrama su Sangre para salvarnos y la hace Sangre del nuevo sacrificio de un nuevo rito, de una nueva Alianza de Dios con el hombre. Nos evoca nuestra naturaleza -nuestra sangre-, asumida y divinizada por Él en su Encarnación y los vínculos de fraternidad que por ella tiende con nosotros. Nos pone delante el mandamiento de su amor, que nos obliga, por su Sangre, a la comunión con los hermanos. Nos trae a la memoria la gloria de la resurrección a la que estamos llamados puesto que Él ya ha llevado nuestra naturaleza -de nuevo, nuestra sangre, que es también la suya- a tan alto triunfo. Nos ayuda a comprender que para llegar a aquella Patria necesitamos la fuerza del alimento y la bebida que nos da: su Cuerpo y su Sangre. Y, sobre todo, nos afianza en la esperanza de su inaudita, escandalosa, sublime promesa: "Yo soy el Pan de la Vida. Quien coma de este Pan vivirá por siempre. Sí, el Pan que yo daré es mi Carne, para que sea vida del mundo. Si no coméis la Carne del Hijo del hombre y no bebéis su Sangre no tendréis vida en vosotros. Quien come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré en el día final. Porque mi Carne es verdadero manjar y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él. El que come este Pan vivirá por siempre" (Jn 6, 48-58 passim).

La Eucaristía no es, de ningún modo, un mero banquete ritual, desprovisto de contenido. Es la comunión -común unión- con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y Cristo es Dios y hombre verdadero. Lo que significa que la Eucaristía es comunión con Dios y comunión con los hombres: unión de amor con Dios y con los hermanos. Y como es unión de amor, tiene que ser unión sincera, de voluntad y compromiso -de libertad- y no un simple sentimiento más o menos intenso. Puesto que la Eucaristía es la presencia real de Jesucristo que nos renueva en ese amor, es ella también el centro de la vida cristiana -el "Sacramentum Fidei"-. Así, la Eucaristía se proyecta -se debe proyectar- en la vida del cristiano en el esfuerzo continuo por mantener aquella comunión de amor con Dios y con los hermanos -así la Eucaristía se traduce en caridad-.

La piedad y la sabiduría popular de los siglos medios de la Edad Media, no sin el aliento y dirección de la acertada labor pastoral de santos y teólogos, supo expresar todo esto -y más- de una forma peculiar en las tradiciones griálicas, que se plasman en poemas y romances escritos en los siglos XII a XIV. Con lenguaje de leyenda y heroísmo, en un momento cultural en el que toda la realidad era simbólica, teológica y cristiana, los relatos de la búsqueda del Santo Grial son, sin ningún lugar a dudas, mucho más que simples aventuras de caballeros andantes, fantásticos dragones, mágicos merlines y castillos inexpugnablemente encastillados para el mero divertimento del pueblo llano o de las cortes regias y principales. Son la cumplida expresión de una actitud vital, de una filosofía cristiana de la vida, de una mística de la existencia humana centrada e iluminada por la Eucaristía.

Por eso el Grial -el Cáliz de la Sangre de Cristo- es el preciado objeto de la demanda. Frecuentemente aparecen elementos y personajes de la Pasión, como la Cruz, los clavos, la lanza de Longinos, José de Arimatea; y tales elementos parecen acentuar la unidad que hay entre la Eucaristía y el Sacrificio del Calvario -. El alimento que mana del Grial confiere una vida perdurable, pero para acercarse al Sagrado Vaso es necesaria, imprescindible, la pureza y la gracia. De la aludida lanza de Longinos mana permanentemente sangre -y esto nos indica la perennidad de la Redención-. Las hazañas, y sobre todo la vida misma de los grandes héroes del Cáliz, se presentan en las leyendas como ejemplos simbólicos de lo que es la vivencia esforzada de la propia fe. Así, por ejemplo, Boores representa el triunfo de la ascética, Perceval el de la inocencia y Galaad el de la gracia divina .

Varias narraciones sitúan los místicos prodigios de la búsqueda en el escarpado, inaccesible y santo Montsalvat o Montsalvatge, en cuya cumbre se asienta la ciudad o el Castillo del Grial . Allí, en la fortaleza, los Caballeros de la Orden del Grial -monjes-guerreros que han profesado los votos religiosos y cuya ley suprema es la de la castidad- conservan y custodian la sagrada piedra. A los Caballeros los guían los Reyes del Grial, desde Titurel, el fundador de la dinastía, hasta Perceval, el héroe de los relatos, pasando por Frimutel y Anfortas, el Rey Pescador. No sólo lo abrupto del monte impide llegar a él: más allá del esfuerzo físico es necesario encontrarse digno de llegar al sagrado lugar, y por eso sólo los inocentes, los puros, los que se esfuerzan por ser buenos, consiguen penetrar sus muros y conocer los misterios del Grial. También aquí hay claros signos de fundamentos cristianos: el monte como lugar sagrado, de encuentro con la divinidad, es algo que ya aparece en el Éxodo cuando Moisés descubre la zarza ardiente, y aún antes, en el sacrificio de Isaac, y después, frecuentemente en la Escritura, se alude al «Monte de Dios» . Y la mística hará de la asensión al monte una imagen adecuada a la vida religiosa y ascética. La figura del castillo-fortaleza como lugar donde se custodia el Grial parece también un símbolo de los monasterios, donde se intentaba custodiar, defender y venerar la santidad. Este simbolismo queda acentuado cuando se habla en las leyendas de las órdenes de caballeros, que son claramente una derivación -con votos religiosos incluidos- de la vida monacal.

Concluyamos. En resumidas cuentas, la leyenda del Grial cifra en sí misma uno de los ejes que vertebran la estructura social, cultural y espiritual de la Edad Media: la búsqueda de la santidad. Nos habla, con los símbolos propios de su fantasía, del heroísmo de hombres que luchan, caen, se levantan, combaten y vencen el mal con el bien; de hombres dispuestos a alcanzar el ideal de virtud que se les ha propuesto; de esforzados guerreros que dan su vida por encontrar, conservar y defender ese signo sagrado que les otorga la vida eterna. Es toda una alegoría de la vida cristiana. Por eso, el valor místico del Santo Cáliz de la Cena va necesariamente mucho más allá de su mera "autenticidad histórica" y se constituye realmente como icono sagrado de la Eucaristía. Por eso, cuando se desvela el misterio del Grial, uno se da cuenta de que no tiene nada de enigma esotérico. Pero se descubre al mismo tiempo que el misterio que encierra el Santo Cáliz conservado en Valencia es la historia más dramática, romántica y sublime que la humanidad ha vivido: la historia del Verbo hecho Hombre y Eucaristía, la historia de la "Sangre que ha rescatado para nuestro Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación" (Ap 5, 9), la historia de la Sangre que, renovada en el Sacramento, fluye incesantemente desde la salida del sol hasta el ocaso, a través de los tiempos -como en la legendaria Lanza de Longino- hasta el día final, terrible y glorioso en que los que hayan "lavado sus túnicas en esa Sangre del Cordero" (Ap 7, 14) reinen con Él para siempre .

Notas

1-Véase, por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia Católica:
1674: "Además de la liturgia sacramental y de los sacramentales, la catequesis debe tener en cuenta las formas de piedad de los fieles y de religiosidad popular. El sentido religioso del pueblo cristiano ha encontrado, en todo tiempo, su expresión en formas variadas de piedad en torno a la vida sacramental de la Iglesia: tales como la veneración de las reliquias, las visitas a santuarios, las peregrinaciones, el vía crucis, las danzas religiosas, el rosario, las medallas, etc." Este número se apoya en la autoridad de los concilios Segundo de Nicea (DS 601 y 603) y de Trento (DS 1822).
1676: "Se necesita un discernimiento pastoral para sostener y apoyar la religiosidad popular y, llegado el caso, para purificar y rectificar el sentido religioso que subyace en estas devociones y para hacerlas progresar en el conocimiento del Misterio de Cristo. Su ejercicio está sometido al cuidado y al juicio de los obispos y a las normas generales de la Iglesia". Se apoya en la Catechesi Tradendae (n. 54) y reporta un fragmento del Documento de Puebla (n. 448) sobre la legitimidad y alcance del sensus fidelium. Véase también el Código de Derecho Canónico, cánones 1190 y 1237, donde se prohibe terminantemente la venta de cualquier reliquia y se impide, sin la expresa autorización de la Santa Sede, el traslado y la enajenación de las que gozan de gran veneración.

2-Existe una carta sellada por el mismo Rey Don Martín un mes antes, el 29 de agosto de 1399, dirigida al Prior Bernardo de San Juan de la Peña en la que le pide "el calzer de piedra con el qual celebrades" (Archivo de la Corona de Aragón, registro 2.232, fol. 171, citada por SÁNCHEZ NAVARRETE, M., El Santo Cáliz de la Cena, Santo Grial venerado en la Catedral de Valencia. Cofradía del Santo Cáliz, Valencia 1994. p. 90). Sin embargo, la descripción que en esta carta se hace de ese cáliz de piedra es tan escueta que a algunos no les parece concluyente que sea el mismo. No es esta nuestra opinión, pues el contenido de esa carta casa bien con los acontecimientos siguientes: la donación del Santo Cáliz al Rey.

3-Algunos autores, sin embargo, como el Canónigo Oñate Ojeda, consideran que es más antigua.

4-Cf. BELTRÁN, A., Estudio sobre el Santo Cáliz de la Catedral de Valencia. Instituto Diocesano Valentino Roque Chabás, Valencia 1984, p. 57.

5-Entre las interpretaciones que se han dado, Oñate, en un sentido distinto de Beltrán, apunta que se trata de un vaso de talla egipcia, que Don Jaime II de Aragón solicitó y obtuvo del Sultán de El Cairo en 1322 y del que corría fama que era el Cáliz de Cristo. Mas como éste estaba ya para entonces en San Juan de la Peña, el preciado vaso egipcio serviría de pie al conjunto. Cf. OÑATE, J. Á, El Santo Grial. Su historia, su culto, sus destinos. Catedral de Valencia 1990, p. 109.

6-«Está labrada la parte superior del Cáliz en calcedonia, que es, mineralógicamente, un conglomerado de cristales submicroscópicos de cuarzo, en una variedad llamada cornalina, de color rojo cereza, también conocida con los nombres de cornarina o cornerina oriental. Cierto que observando cuidadosamente la piedra en que la copa está labrada podríamos aceptar que fuese sardónica o sardónice, que tiene color rojo sanguíneo o pardo; e incluso presenta en uno de sus lados un amplio veteado grisáceo muy parecido al del ágata. [...]
En realidad, la copa es, en su interior, aproximadamente semiesférica; exteriormente está rematada por una pequeña base o pie anular, que le servía para mantenerse derecha sobre la mesa a cuyo servicio pertenecía. Actualmente está cubierta la base por la guarnición de oro que forma la parte superior del nudo, pero es fácilmente visible en los espacios que la irregular forma del recipiente áureo deja. Esta es una afortunada circunstancia que debemos, seguramente, a la restauración de la rotura sufrida en el siglo XVIII; al pegar el pie de la copa al recipiente superior del nudo no coincidieron absolutamente los centros de ambos elementos y ello ha permitido hacer la precedente observación, que es muy importante. El pie de la base sería vaciado, quedando como apoyo una corona circular, aunque este extremo no hemos podido comprobarlo; pero figura en las demás copas, tazas o cuencos con pie de la época.
Mide la copa 9,5 cm de diámetro medio en la boca, 5,5 cm de profundidad por el interior y 7 cm de altura desde la base al borde. Tiene el pie 1 cm de altura, y la copa, de grueso, 3 mm aproximadamente, puesto que es de espesor levemente irregular. [...]
Toda la copa es lisa, al interior y al exterior, sin ningún adorno, excepción hecha de una simple línea incisa, de corte redondeado, muy regular, que corre paralela al borde y a escasa distancia de él. Se labró originalmente en un nódulo de una sola pieza y mediante un esmeradísimo trabajo, sin que tuviese ningún defecto o irregularidad; ahora se nos presenta con una rotura ostensible, aproximadamente por la mitad, quedando dividida en dos partes; junto al borde estas dos mitades muestran sendas roturas producidas en la misma ocasión, faltando hoy una minúscula porción periférica, entre la línea de adorno y el perfil exterior, seguramente el lugar donde la copa recibió el golpe» BELTRÁN, A., o.c., 54-56 passim.

7-BELTRÁN, A., o.c., pág.112. El subrayado es del propio Arquéologo.

8-Cf. Notal del Jaime Monfort, vol. 3.532 del Archivo de la Catedral de Valencia.
Es el estudio que de ese autor venimos citando.
9-Cf. RIQUER, M. de, Li contes del Graal: El cuento del Grial. Quaderns Crema, Barcelona 1985, p. 36.

10-Es la opinión de Carlos ALVAR, cf. ANÓNIMO, Demanda del Santo Grial. Edición preparada por Carlos ALVAR, Ed. Nacional, Madrid 1982, estudio introductorio, p. 16.

11-Cuya etimología podría ser «Mons Salvatoris -monte del Salvador», «Mons salutis -monte de salvación» y aún «Mons silvatus -monte salvaje, selvático». La identificación de tal sitio va más allá de la Historia, ya hemos visto cómo se habían propuesto varias opciones: La Peña de Angulo, Montserrat, Montsegur, San Juan de la Peña,...

12-Cf. Ex 3, Gn 22, Sal 15, 1, Is 25, 6ss. 


13Cf. ANTUÑANO ALEA, S., El misterio del Santo Grial. Tradición y leyenda del Santo Cáliz. EDICEP, Valencia 1999.

El Dr. Salvador Antuñano Alea es Profesor titular de Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid

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