Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

La verdad sólo tiene un camino, la Belleza

Pablo Velasco

El Centro Aletti tiene importantes intervenciones en su haber: la Capilla Redemptoris Mater, en Roma, la Iglesia de San Giovanni Rotondo, cerca de Bolonia; o la Sacristía y Sala Capitular de la Catedral de la Almudena y la Capilla del Hospital Beata Mª Ana, de las Hermanas Hospitalarias, en Madrid. Actualmente trabaja en la decoración de la capilla del Colegio Mayor de San Pablo.
Como afirma la profesora de la Universidad CEU San Pablo María Rodríguez Velasco, gran conocedora de su obra, "Rupnik, al que se ha definido como artista del color, comienzó su andadura artística con pinturas abstractas que revelaban su conocimiento y admiración por Van Gogh, Kandinsky, Matisse...En el taller Aletti Rupnik no olvida el lenguaje de las vanguardias, consciente de que sus obras se dirigen al hombre del siglo XXI, pero a través del arte del mosaico retoma la tradición del arte paleocristiano o del románico, para configurar una arte litúrgico que, más allá de su valor decorativo, busca vivificar los espacios. En sus obras forma y contenido son inseparables, revelando la unidad de los textos patrísticos y la teología actual, conformando programas decorativos unitarios donde cada escena y figura solo se comprende plenamente en el conjunto y siempre en directa relación con la finalidad del espacio".

¿Qué es la belleza?

La belleza es como el amor, se entiende y se conoce tarde. El amor se realiza en modo pascual. Solov'ëv dice que "la belleza es la carne de la verdad", la carne del bien. Si el bien no se encarna como belleza se convertirá en una dictadura del fanatismo y del moralismo, de donde todo el mundo inevitablemente huirá. La verdad que no se hace belleza, es una ideología monstruosa que engulle a los hombres. En nuestra historia contamos con varios ejemplos de ello. La belleza no agrada inmediatamente porque dentro encierra el drama. Al entrar en una iglesia románica, no siempre nos parece inmediatamente bella. Un spot publicitario, por el contrario, inmediatamente parece bello, pero después produce nauseas. La repetición es la cuna de la sabiduría, porque la repetición implica el discernimiento. Es algo que los jóvenes deberían aprender bien porque hoy en día hay muchas seducciones. La belleza es seducción, por eso es necesario discernir para llegar a la belleza con mayúscula.

Planteamiento que puede guiar en la reflexión sobre lo que es y no es arte...

En este momento el límite entre el arte y el no arte no existe, porque hoy se considera obra de arte todo lo que es expresión. Se carece de criterios estéticos. Vivimos la mayor crisis del arte, porque lo que se expone en una galería siempre se considera arte. Ivanov, padre de la poesía simbolista rusa, dice que el gran arte es el arte del claustro, porque en el monasterio el claustro es lugar de encuentro para la comunidad. En este sentido, Romano Guardini dice que el arte es espacio de encuentro, es el espacio donde puedo tocar al otro.

¿Es el arte contemporáneo capaz de responder a esa definición?

La respuesta es complicada. Porque el arte que tenemos hoy en las galerías es fruto de un largo proceso. En cierto momento histórico Europa opta por el concepto, y el arte, el símbolo, la metáfora, no es más un camino de conocimiento. De esta manera el arte es excluido de la cultura. Esta dictadura del concepto, ha llevado a la muerte, a la humillación de todo lo verdaderamente íntimo del hombre. Por ejemplo, lo más íntimo del hombre son las relaciones interpersonales, relaciones que no se establecen ni con la ciencia ni con la razón. Entonces, poco a poco, todo lo que era lo más profundo del hombre, que tenía una expresión natural en el símbolo, en la metáfora, en la relación interpersonal como el espacio privilegiado del amor, todo queda excluido. La razón de ser del arte es la comunicación y en un determinado momento el arte deja de ser comunicación. Una obra de un gran español, Tapies, en la bienal de Venecia, hace algunos años, representa muy bien esta idea. Tapies ha dedicado su vida al signo, al trazo, y en aquella exposición hizo un garabato en la pared, un garabato negro y frente a él una silla blanca vacía: el hombre todavía se expresa, pero no hay nadie que lo escuche, nadie le entiende, porque habla un lenguaje único, porque no existe gramática y no se puede aprender.

Usted afirma que el arte se ha convertido por esta vía en una especie de confesionario

Sí. Cuando he llevado a mis estudiantes a una galería de arte contemporáneo, algunos se han reído delante de ciertas obras y les he llamado la atención por esta actitud. Yo soy sacerdote, confieso y no me río del penitente nunca. ¿Cómo podéis reíros delante de aquello que muestra la verdad de vuestros contemporáneos? Ninguna confesión es bella, porque el pecado es feo. El arte contemporáneo es sagrado porque es una traducción directa del corazón humano.
Deberíamos preguntarnos qué ha sucedido para que el hombre haya llegado a este punto. El único sacramento que no funciona en nuestra Iglesia es la confesión, pero toda la humanidad se está confesando. En algo nos hemos equivocado. Creo que el moralismo, la ideología de nuestra fe, ha producido mucho mal, más incluso que el nazismo o el comunismo. ¿No es triste que Europa sienta semejante alergia a Cristo, a la Iglesia, a la fe? Yo estoy dentro del arte moderno, y pienso que es un grito, es una ilusión.

¿en qué sentido?

Ilusión en el sentido de engaño, porque lo que quiere decir el arte contemporáneo es que el hombre siente nauseas de sí mismo, y querría encontrar a otro. El arte expresa el cansancio del hombre. Desafortunadamente el arte digital, que hoy domina el mundo, es un arte de la ficción, en vez de entrar en un encuentro con personas, te lo imaginas. Así vivimos en un mundo de relaciones imaginarias, donde es muy difícil encontrarse. Estamos, por tanto, ante un gran momento para la Iglesia, porque la Iglesia es una gran comunión de las personas. No hay necesidad de grandes reflexiones sobre el arte, sino que es más necesario que, como cristianos, nos hagamos amigos de los artistas. Son personas muy sensibles y están solas. Alguien tiene que hablar a este nuestro hombre contemporáneo.

¿Cómo definiría su obra?

Una obra coral. Hacer ver como las piedras, los materiales, como querrían unirse, para componer la obra del Creador. El mundo querría estar según la voluntad de Dios. Pero el pecado continuamente obstaculiza esto. Entonces se torna fundamental el esfuerzo de la ascesis, de la disciplina espiritual, es la obediencia al amor. 


¿En qué sentido es coral?

Porque no lo puedo hacer solo. Mientras tenga amigos, que nos queremos, nos perdonamos, lloramos juntos y nos alegramos juntos.
Somos de ocho nacionalidades diversas, de Iglesias distintas, de las grandes tradiciones apostólicas: la romana, greco-católica y ortodoxa. Bizantinos y romanos. Comenzamos cada mañana con la eucarística, a la que acuden siempre los ortodoxos. Nunca les he dicho que tengan que venir, pero nunca han faltado. Esta gran ascesis, amar al otro en su nacionalidad, en su tradición espiritual, son cosas muy difíciles. La nacionalidad es una realidad que debe ser evangelizada. Podemos ser todos católicos, pero si hablo mal de una determinada nación, inmediatamente aparece el muro. ¿Qué es la nacionalidad? Es una constante que compone la identidad de una persona en relación con su pertenencia al grupo, es muy profundo. No soy Rupnik sin ser esloveno, pero mi ser esloveno es el modo de relación con el grupo. Si esto no cristificado, ni eclesialmente cuidado, esta pertenencia es la justificación del egoísmo. Esto es lo que hay que evangelizar para crear la comunidad. Nosotros en nuestras comunidades intentemos hacer esto.

Una comunión que se extiende también hacia la tradición

La modernidad ha renunciado conscientemente a la tradición. Roma es ejemplo de ello. Es una ciudad muy bella, pero todo lo edificado en el último siglo no permanecerá: casas y palacios feos, todo sin vida, todo cuadriculado. Esto se debe a que hemos roto con la memoria y la tradición es fundamental. La tradición y asumir la memoria. Es fácil caer en un tradicionalismo, en un detalle como totalidad de la tradición. Es fácil, pero es estúpido.

¿Cree que un artista ateo puede hacer arte sacro?

No creo, seguro que no. Puede hacer alguna cosa, pero arte sacro no. Puede hacer una imagen una vez, por una efusión de gracia, pero hacer esto como su vocación, como su misión, no es posible. El arte sacro, o mejor el arte para la liturgia, tiene dos dimensiones inseparables. La primera es la objetividad de la revelación de Cristo. No se trata de mostrar mi idea de Cristo, o mi percepción. Aquí entra en juego la memoria de la Iglesia, la tradición. La Iglesia como organismo vivo, dinámico. Si yo pertenezco a este organismo, yo vivo esta memoria como mía, si no pertenezco la vivo como un dato de hecho, como un libro en la estantería. En segundo lugar, quien no vive una acogida personal de estos datos objetivos de la fe no tendrá fuerza comunicativa y su obra terminará siendo una producción industrial.

Entrevista más extensa con Marko Ivan Rupnik puede encontrarse en el número 13 (Noviembre de 2009) de la revista Debate Actual.

  • facebook (en nueva ventana)
  • twitter (en nueva ventana)
  • linkedin (en nueva ventana)