Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

¿Podemos saber que Dios existe?

Salvador Antuñano

Vamos entonces a lo primero: qué entendemos por saber. Es evidente que hay distintos modos y niveles de saber algo: uno sabe, por ejemplo, que tal vestido es azul, porque lo ha visto o lo está viendo; y uno sabe que dos más dos suman cuatro; y también sabe que el todo es mayor que las partes; y sabe incluso que estos tres tipos de conocimiento -empírico, matemático y lógico- son distintos entre sí por el objeto, el método, la perspectiva y las implicaciones que tienen. Y uno sabe además que estos tipos de conocimiento se distinguen muy claramente de otro tipo de conocimiento que es aquel por el que uno sabe, por ejemplo, que puede confiar en su mejor amigo o sabe que su madre le quiere o sabe que va a ser feliz con esa chica a la que en el día de la boda le está diciendo "sí, quiero". Es también evidente que no puede demostrar estas cosas que sabe que son ciertas y verdaderas como puede demostrar el color del vestido o con una fórmula matemática. Pero sabe que es verdad. Más aún: sabe que este tipo de conocimiento es más pleno y más necesario y más importante que los otros -poca gente se emociona pensando en una suma y no mucha está dispuesta a dar la vida por el color de un vestido; en cambio, nos importa muy mucho la fidelidad de nuestros amigos, el cariño de los padres y el amor del amado: nos va la vida en ello-.
Pues bien, cuando alguien dice: Yo sé que Dios existe, es evidente que no lo dice como quien ve los colores de las cosas o como quien ha hecho una suma o una deducción lógica. Lo dice como quien conoce las cosas en un nivel existencial y, además, en una relación que tiene que ver de alguna forma con la amistad, la filiación, el amor. Lo sabe por experiencia.

Precisamente por eso -porque tiene que ver con el amor y con la experiencia-, saber que Dios existe tiene un fuerte carácter subjetivo -y esto es lo primero que queremos destacar de nuestro conocimiento sobre Dios-: en ese conocimiento está implicada la propia persona, el sujeto, no como un actor distante, como un mero observador intelectual, sino como afectado por la realidad conocida, metido y relacionado con ella, con la propia libertad comprometida. Por este carácter subjetivo, saber que Dios existe es siempre una cuestión personal y lo es además como creencia -como seguridad subjetiva potente de haber llegado a una realidad-. Pero este carácter subjetivo del conocimiento sobre Dios tiene un riesgo: pensar que todo es una autosugestión del sujeto, una proyección interna de sus propias ideas y deseos que termina generando la ilusión ficticia de un ser imaginario llamado Dios. Si esto fuera así, esa ilusión no sería sino el propio sujeto sublimado y toda relación con él oscilaría entre la enajenación y la contemplación solipsista de uno mismo -o sea, entre Feuerbach y Plotino-.

Pero es que las cosas no son así. Saber que Dios existe tiene también un carácter objetivo -y esto es lo segundo que queremos destacar-: hay una objetividad, una alteridad real en ese conocimiento. La alteridad está desde luego postulada, exigida, por el carácter subjetivo -incluso en la hipótesis de la autosugestión-: el sujeto intenta trascenderse, salir de sí mismo y encontrarse con el Otro. Si la alteridad no fuera real, entonces la intencionalidad quedaría ciertamente frustrada y el consuelo, la salvación, sería puramente ficticios, falsos e ineficaces. Pero precisamente porque el saber que Dios existe implica un carácter objetivo, hay en ese saber una racionalidad que salva ese conocimiento de la pura ilusión subjetiva. Por eso no todo lo que puede "proyectar" un hombre coincide necesariamente con lo que Dios es, o como descubre que Dios es. Más aún, hay veces que lo que uno "proyecta" es exactamente lo contrario a lo que descubre cuando sabe que Dios existe. Todo esto apunta a que la mente del hombre puede distinguir entre lo que lo que "le gustaría que fuera" y lo que "en realidad es" ese Dios que conoce, y puede tener como ciertos y lógicos algunos datos acerca de Dios. A causa de este carácter objetivo y racional puede compararse lo que los hombres -o uno mismo- han pensado sobre Dios y juzgar y descubrir qué es lo que parece más sensato y a partir de allí tener un conocimiento racional cierto de las cosas por sus causas sobre ello -hacer una ciencia- y ver sus condiciones y su alcance -y esto es la metafísica y la teología, tanto natural como revelada-.

Por eso, saber que Dios existe es distinto de inventármelo. ¿Cómo puedo verificarlo? Una pura invención mía no puede en realidad dejarme satisfecho, el autoengaño dura poco, y genera frustración, tristeza, y hasta violencia. Cuando además se comprar lo que uno puede inventar -lo que le gustaría que Dios fuera- y lo que encuentra -lo que Dios es-, constata que hay notables diferencias. Y si fuera una simple autosugestión, terminaría en el fondo en una vana complacencia de mí mismo conmigo mismo; en cambio, porque Dios es algo distinto de esa autosugestión, saber de Él me lleva a sacar lo mejor de mí mismo, a mejorarme, a conseguir algo que en el fondo sé que yo sólo no puedo lograr: vencer mi limitación, el mal, la muerte o al menos vislumbrar su sentido.
Por supuesto que esta realidad de Dios, que esta objetividad de Dios es conocida en el interior de la persona humana, es conocida subjetivamente -como todas las demás alteridades y exterioridades que el hombre conoce-. Pero esto no le quita valor objetivo, simplemente lo pone en relación con el hombre.
Por otro lado, la objetividad y racionalidad implicadas en este saber que Dios existe no significa saber todo lo que Dios es. Por eso, cuando se sabe que Dios existe, además del elemento subjetivo y del elemento objetivo, hay también un tercer elemento: el misterio. Esto significa que hay muchas cosas de Dios que no sé y que algunas las voy conociendo poco a poco, sin llegar a comprenderlo nunca. Como pasa con las personas -que también son realidades misteriosas-: ni siquiera a nosotros mismos nos conocemos completamente ni nos comprendemos, y tampoco a la persona amada -la amamos aunque no la entendamos, o quizás incluso la amamos porque no la entendemos-, y esto nos ayuda a sorprendernos cada día, y a crecer en el conocimiento y en el amor. Y con Dios pasa algo muy parecido.

¿Cómo sabe uno que Dios existe? Uno lo sabe porque es algo que se sabe como se sabe que la propia vida tiene sentido. Por experiencia de encuentro con la realidad. ¿Cómo sé que mi vida tiene sentido? Es verdad que lo sé. Pero no puedo demostrarlo -al menos hasta haber vivido hasta el final, pero en ese punto ya no estaré yo para poder "demostrarlo" -. Sin embargo, no poder demostrarlo no significa que no lo tenga. Tiene sentido porque lo intuyo, lo deseo, lo espero. Lo tiene porque lo creo. Lo tiene porque lo conozco como distinto de mí y superior o trascendente a mí, porque puedo compartirlo con otros que tienen una experiencia parecida, porque me mejora. Tampoco es una mera autosugestión subjetiva: hay una cierta objetividad: mi vida está allí, la percibo con valor, sé que consigo algunas cosas valiosas con ella, a veces tengo una cierta plenitud... todo esto parece indicar algo, parece apuntar a un sentido más amplio de lo inmediato. ¿Puedo afirmarlo categóricamente? No. Pero si lo asumo, todo cuadra, mientras que si lo rechazo mi vida es caos y confusión y sinsentido. Pierdo la posibilidad de comprenderme y de comprender la existencia.
¿Cómo puedo verificar que mi vida tiene sentido? Primero porque lo intuyo, lo deseo como condición de entendimiento de mi propia existencia. Pero también porque de hecho vivo sobre esa convicción, y viviría sobre ella en la práctica aunque en la teoría lo negara. Negarlo con la práctica significa renunciar a vivir. Lo mismo pasa con Dios: Dios es la condición de entendimiento de la belleza, de la verdad, del bien, del amor, del ser mismo y su sentido. Si negamos que Dios existe nos quedamos sin entender la raíz y fundamento de la belleza de la vida. Sin esa raíz de eternidad, de divinidad, toda belleza, toda vida, todo amor nos resultaría caduco, caótico, absurdo y desesperante. Pero de hecho, aunque neguemos en teoría la existencia de Dios y su conocimiento, en la práctica nos enamoramos de lo bello y de lo bueno con voluntad de sentido y con intención de eternidad. No entendemos el amor como casualidad o como caos o como pura contingencia. Pues bien, apreciar la belleza y el amor y el ser en su horizonte supratemporal es, de hecho, vivir como si Dios existiera, como si existiera la condición de posibilidad de hacer eterno aquello que amamos. Así, nuestra vida cotidiana afirma la existencia de Dios, aunque nuestro pensamiento y nuestra voz lo nieguen. Esto no es una prueba de la existencia de Dios, pero sí un indicio que hace más racional y humano nuestro saber que existe.

Hemos dicho que Dios puede ser un invento o una proyección nuestra o bien una realidad conocida por nosotros. Si fuera sólo subjetiva nos empeora y hace nuestra existencia incomprensible y sin fundamento. Pero sostenemos que existe porque es un conocimiento de amor... Por eso precisamente incluye la subjetividad -a uno mismo- y la alteridad -a Dios- y también ese carácter misterioso de Dios -y de uno mismo, pues también uno descubre el propio misterio en la relación de amor-. No puede darse una relación de amor si todo es subjetivo, si hay una proyección de mí mismo sobre mí mismo -eso es egoísmo y no amor-. Tampoco si todo es puramente objetivo, porque entonces yo no valgo. Y tampoco si todo está ya sabido, comprendido, vivido: amar es descubrir un universo cada día, es crecer y asombrarme de nuevo a cada instante -por eso es necesario el carácter de misterio-.
Cuando decimos que podemos saber que Dios existe queremos decir, por tanto, que lo sabemos con un conocimiento existencial y que, en consecuencia, ese conocimiento es simultáneamente subjetivo, objetivo y misterioso. Esto es evidentemente mucho más que un mero conocimiento empírico, mucho más que el conocimiento matemático o lógico o científico y por supuesto es muchísimo más que una mera opinión opinable: es el conocimiento cierto y convencido de alguien a quien amo porque he experimentado su caricia de amor en mi propia vida.

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