Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Cristo, ¿Dios o soberbio?

La doctrina de la divinidad de Jesucristo está situada en el centro de la doctrina cristiana, pues es como la llave maestra que abre todas las demás. Los cristianos no se han dedicado por su cuenta a razonar y a someter a prueba cada una de las enseñanzas de Cristo que ellos han recibido por medio de la Biblia y de la Iglesia, sino que creen en todas ellas por la autoridad del mismo Cristo. Pues si Jesucristo es Dios, es justo confiar en la infalibilidad de todo cuanto dijo, hasta de las cosas más duras como la exaltación del sufrimiento y de la pobreza, la prohibición del divorcio, la concesión a su Iglesia del poder de enseñar y de perdonar pecados en su nombre, de informar de la existencia del infierno (con gran frecuencia y seriedad), la institución del escandaloso sacramento que nos alimenta con su carne - tantas y tantas "cosas duras" que Él enseñó y que nosotros con frecuencia olvidamos.

Cuando los primeros apologistas cristianos empezaron a exponer a los no creyentes las razones de aquello en lo que creían, la doctrina de la divinidad de Jesucristo fue naturalmente objeto de ataques, pues era tan increíble para los gentiles como escandalosa para los judíos. Que un hombre que había nacido del vientre de una mujer y muerto en una cruz, un hombre que se había cansado, había experimentado el hambre, la ira y la turbación, que había llorado frente a la tumba de su amigo, que este hombre que había acumulado polvo bajo las uñas de sus pies fuera Dios era, sencillamente, la más asombrosa, increíble, disparatada idea que jamás se le haya ocurrido a mente humana alguna en toda la historia de la humanidad.

El argumento que los primeros apologistas emplearon para defender esta en apariencia indefendible doctrina se ha convertido en un argumento clásico. C.S. Lewis lo empleó con frecuencia, como por ejemplo en Mere Christianity, el libro que convenció a Check Colson (y a otros miles de personas más). En cierta ocasión dediqué la mitad de una de mis obras (Between Heaven and Hell) a desarrollar ese único argumento. Se trata del argumento más importante de la apologética cristiana, pues una vez que un no creyente acepta la conclusión a la que conduce este argumento (que Cristo es Dios), deduce todo lo demás referente a la Fe, no sólo de forma intelectual (todas las enseñanzas de Cristo deben ser verdaderas) sino también de forma personal (si Cristo es Dios, Él es también su total Señor y Salvador).

El argumento, como todos los argumentos efectivos, es extremadamente sencillo: O Cristo es Dios o es un mal hombre.

Por lo general, los no creyentes dicen que Jesucristo fue un hombre bueno, no un mal hombre; que fue un gran maestro de moral, un sabio, un filósofo, un moralista y un profeta, pero no un criminal, ni un hombre que mereciera ser crucificado. Pero si nos dejamos guiar por el sentido común y la lógica, lo que posiblemente no pudo ser es un hombre bueno. Pues él se atribuyó ser Dios, ya que dijo, "Antes que Abraham existiera Yo soy", pronunciando así la palabra que ningún judío se atrevía a pronunciar por ser el nombre personal del mismo Dios, el cual se lo había sido comunicado a Moisés en la zarza ardiendo. Jesús quería que todos creyeran que él era Dios. Quería que la gente lo adorara. El se atribuyó el poder de perdonar los pecados de todos contra todos. (¿Quién puede hacer esto sino Dios, el que es ofendido en cada pecado?)


Ahora bien ¿qué pensaríamos de una persona que hoy en día fuera por ahí atribuyéndose todas esas cosas? Sin duda que no se trataba ni de un hombre bueno ni de un sabio. Solamente habría dos posibilidades: que dijera la verdad o que mintiera. Si dijera la verdad, sería Dios y el caso estaría cerrado. Deberíamos creer en él como tal Dios y adorarlo. Si no dijera la verdad, entonces no sería Dios, sino un simple ser humano. Pero un simple ser humano que quiere que tú le adores como Dios no es un hombre bueno. Sin duda es un hombre muy malo, tanto moral como intelectualmente. Si sabe que no es Dios, entonces es moralmente malo, un mentiroso que trata deliberadamente engañarte haciéndote caer en la blasfemia. Si no sabe que no es Dios, si cree sinceramente que es Dios, entonces es un enfermo mental, o sea, un loco.

Una medida de tu locura es el tamaño de la brecha existente entre lo que tú crees que eres y lo que realmente eres. Si yo creo que soy el mayor filósofo de América, me limito a ser un loco arrogante; si creo que soy Napoleón, estoy probablemente al límite; si creo que soy una mariposa, estoy totalmente alejado de las orillas soleadas de la cordura. Pero si creo que soy Dios, estoy todavía más loco porque la brecha que separa lo finito del Dios infinito es todavía mayor que la que separa dos cosas finitas cualesquiera entre sí, aunque se trate de un hombre y una mariposa.

Josh McDowell resumió el argumento de una manera simple y memorable en el trilema "¿Señor, mentiroso o lunático?" Esas son las únicas opciones. Bien, entonces ¿por qué no mentiroso o lunático? Pero casi nadie que haya leído los Evangelios puede honrada y seriamente considerar esa opción. La inteligencia, la astucia, la sabiduría humana, la atracción de Jesús emergen de los Evangelios con fuerza ineludible para cualquiera que no sea un lector sumamente endurecido y lleno de prejuicios. Compárese a Jesús con mentirosos como el Reverendo Sun Myung Moon (fundador de la secta Moon) o con lunáticos como el difunto Nietzsche. Efectivamente Jesús posee en abundancia estas tres cualidades que son las que más brillan por su ausencia en mentirosos y lunáticos:

1. Su sabiduría práctica, su facultad de leer los corazones humanos, de comprender a las personas y de descubrir lo que se oculta detrás de sus palabras, su capacidad de sanar tanto las almas como los cuerpos de las personas.

2. Su profundo e irresistible amor, su apasionada compasión, su capacidad de atraer a las personas y de hacerlas sentir como en casa y perdonadas, su autoridad, "no como la de los escribas"; y sobre todo

3. Su capacidad de causar asombro, su imprevisible actuar, su creatividad. En cambio los mentirosos y lunáticos ¡son todos tan torpes y sus actos tan previsibles! Nadie que conozca tanto de los Evangelios como los seres humanos puede pensar en la posibilidad de que Jesús fuera un mentiroso o un lunático, una mala persona.

Pese a todo lo expuesto, casi siempre el no creyente cree que Jesús fue un hombre bueno, un profeta, un sabio. Pues entonces, en el caso de que hubiera sido un sabio, se podría creer en él y en las cosas esenciales que dijo. Y la esencia de lo que dijo es que él es el divino Salvador del mundo y que para alcanzar la salvación es preciso acudir a él. Si hubiera sido un sabio, se debería aceptar como verdadera su enseñanza esencial. Si, por el contrario, su enseñanza fuera falsa, entonces no sería un sabio.

La fuerza de este argumento se basa en que no se trata de algo meramente lógico sobre conceptos; sino sobre Jesús. Por medio de él se invita a la gente a leer los Evangelios y a llegar al conocimiento de este hombre. La premisa del argumento es el carácter de Jesús, la naturaleza humana de Jesús. El argumento tiene sus pies en tierra. Pero te lleva al cielo, como la escalera de Jacob (que Jesús dice que su significado es Él mismo: Gen 28:12; Jn 1:51). Cada escalón sigue a los otros y contribuye a mantenerlos unidos. El argumento es lógicamente irrefutable; no existe salida alguna.

¿Qué dicen entonces los hombres cuando se enfrenta a este argumento? Con frecuencia se limitan a confesar sus prejuicios: "¡Oh! ¡Me resulta imposible creer esto!" (¡Pero si se ha demostrado que es verdad, entonces, si realmente se busca la verdad ,es preciso creer!)

A veces se alejan, como muchos de los contemporáneos de Jesús, perplejos y agitando sus cabezas y pensando. Es posible que ese sea el mejor resultado posible. El terreno ha sido ablandado y arado. Se ha sembrado la semilla. El Señor la hará crecer.

Pero si conocen alguna teología moderna, tendrán uno o dos vías de salida. La teología tiene una salida; el sentido común no. Al hombre dotado de sentido común se le puede convertir con facilidad. Son los teólogos los que, de vez en cuando, son más difíciles de convertir.

La primera salida es el ataque de los "estudiosos" de la Escritura a la fiabilidad histórica de los Evangelios. Quizás Jesús nunca se atribuyó ser Dios. Quizás todos los embarazosos pasajes fueron invenciones de la Iglesia primitiva (dígase "Comunidad Cristiana" que suena mejor).

En ese caso, ¿Quién inventó la tradicional Cristiandad si no fue Cristo? Una mentira, al igual que una verdad, debe haber sido originada por alguien. ¿Pedro? ¿Los doce? ¿La siguiente generación? ¿Cuál fue el motivo que movió al primero que inventó el mito (eufemismo empleado en lugar de mentira)? ¿Qué se obtuvo de este elaborado, blasfemo engaño? Porque esto debe haber sido una mentira deliberada, no una confusión sincera. Ningún judío confunde al Creador con la criatura, Dios con el hombre. Y ningún hombre confunde un cadáver con un resucitado, un cuerpo con vida. He aquí lo que obtuvieron de su engaño. Sus amigos y familiares se mofaron de ellos. Su posición social, propiedades y privilegios políticos les fueron arrebatados tanto por judíos como por romanos. Fueron perseguidos, encarcelados, azotados, torturados, desterrados, crucificados, comidos por los leones, y hechos pedazos por gladiadores. Así pues resulta que algunos judíos idiotas inventaron toda la elaborada, increíble mentira de la Cristiandad sin que para ello hubiera en absoluto razón alguna, y millones de gentiles la creyeron, le dedicaron sus vidas y murieron por ella - sin ningún motivo. Fue sólo una broma fantástica, un engaño. Sí, es indudablemente un engaño, pero sus autores son los teólogos del siglo veinte, no los escritores de los Evangelios.


La segunda salida (dense cuenta de lo deseosos que estamos de desprendernos de los brazos de Dios como un cerdo grasiento) consiste en orientalizar a Jesús, de interpretarlo no como el único Dios-hombre sino como uno de los muchos místicos o "adeptos" que se dieron cuenta de su propia divinidad interna como hace cualquier místico hindú típico. Esta teoría arranca de su atribución de la divinidad, ya que sólo se dio cuenta de que todos somos divinos. ¡El problema con respecto a esa teoría estriba en que Jesús no era un hindú sino un judío! Cuando el decía "Dios", ni él ni sus oyentes pensaban en Brahman, el todo impersonal, panteístico, inmanente; quería decir Yahweh, el personal, teístico, trascendente Creador. Es totalmente antihistórico contemplar a Jesús como un místico, un guru Judío. Él enseñó oración, no meditación. Su Dios es una persona, no un pudding. Él dijo que era Dios, no que todo el mundo lo fuera. En sus enseñanzas habló sobre el pecado y su perdón, cosa que no hace ningún guru. Él no dijo nada de la "ilusión" de la individualidad como hacen los místicos.

Atáquese cada una de esas salidas -Jesús como el hombre bueno. Jesús como el lunático, Jesús como el mentiroso, Jesús como el hombre que nunca se atribuyó la divinidad, Jesús como el místico - quítense esas varias casillas - y sólo restará una casilla libre a donde pueda moverse la pieza rey del no creyente. Y en esa casilla le espera el jaque mate. Que, por cierto, es un gozoso mate. La totalidad del argumento es realmente una invitación nupcial.

  • facebook (en nueva ventana)
  • twitter (en nueva ventana)
  • linkedin (en nueva ventana)