Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

Delante de los signos de la Pasión

«José de Arimatea compró una sábana, descolgó a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro que había sido excavado en la roca» (Mc 15, 46). Así, sintéticamente, narra el evangelista Marcos la sepultura de Jesús. Mateo y Lucas mencionan también el sepulcro nuevo y la sábana de lino (Mt 27, 59); Lc 23, 53). Juan parece afirmar algo diferente: «Lo envolvieron en vendas/fajas (othonia) con perfumes, según tienen costumbre los judíos de sepultar» (19, 40). El término aparece de nuevo en el relato de la visita de Pedro y Juan al sepulcro vacío (20, 3-9). ¿Por qué Juan usó otro término en griego y además en plural? En realidad, este término griego es sinónimo de "sábana", pues entre sus significados aparece el de "pieza grade de lienzo". La razón l plural se debe a una lectura no totalmente correcta del término arameo que estaba en el origen: donde había un dual, con el significado de "lienzo doble", se leyó un plural. Juan probablemente utilizió la forma dual para describir con mayor detalle la tela que cubrió el cadáver de Jesús y que corresponde con exactitud a la sábana santa de Turín: un lienzo doble.
Dentro de unas semanas (del 10 de abril al 23 de mayo) ese lienzo se expondrá en la catedral de Turín, donde se conserva. La ostensión tiene lugar diez años después del Jubileo. Benedicto XVI viajará a Turín el 2 de mayo y celebrará una misa en la Plaza de San Carlos, rindiendo homenaje a la Sábana Santa. En este lienzo se puede observar a simple vista la imagen de un crucificado. El estudio científico multidisciplinar que se ha llevado a cabo sobre él desde el 1898, año en que Secondo Pia descubrió que la imagen de la sábana se comporta como un negativo fotográfico, ha puesto en evidencia que no estamos ante una pintura, sino ante una impronta cuya formación hasta el presente resulta un misterio. Junto a esta imagen, se observan manchas de sangre en toda la tela. Los científicos han descubierto que contiene un alto porcentaje de bilirrubina, como corresponde a una persona que ha sufrido un tormento atroz, y que las manchas son de dos tipos: sangre entera, según brota de la herida de una persona viva, y sangre de un cadáver, como la mancha del costado atravesado por una lanza romana. Como los estudios científicos han puesto en evidencia, estamos ante la prueba arqueológica más impresionante del tormento de la crucifixión. Pero, ¿quién es la víctima?
Antes de intentar responder a la pregunta es necesario hacer una premisa: algunos de los tormentos impresos en la sábana santa son propios de cualquier crucifixión; otros son excepcionales, propios de este crucificado. Estos últimos son los que pueden ayudar a identificar la víctima. Señalemos los llamativos. Uno de los rasgos que llama la atención de este crucificado es que ha sufrido una flagelación como castigo independiente de la crucifixión, como manifiesta con claridad la cantidad de golpes recibidos (unos 120) y su distribución por todo el cuerpo. Normalmente los crucificados eran flagelados durante el camino hacia el suplicio para debilitar su cuerpo y acortarles el suplicio de la cruz. Si se hubiera utilizado esta modalidad con el reo de la síndone, las marcas de los azotes no aparecerían en todo su cuerpo. Según Jn 19, 1 y Lc 23, 25, Pilato mandó azotar a Jesús como castigo alternativo a la crucifixión; las autoridades judías no se dieron por satisfechas y exigieron su muerte en la cruz.
Otra peculiaridad es que la cabeza del ajusticiado fue ceñida con una corona de espinas; no en forma de aro, sino de casquete, según las coronas orientales, pues heridas de espinas se hallan en toda la cabeza. Tres evangelistas coinciden en señalar que los soldados, burlándose de Jesús, trenzaron una corona de espinas y se la ciñeron en la cabeza (Jn 19, 2; Mc 15, 17; Mt 27, 29). El rostro del crucificado de la sábana santa tiene contusiones en la cara, sobre todo en la mejilla derecha, a causa de un fuerte golpe recibido con un objeto duro. Los evangelistas refieren que un servidor del sumo sacerdote golpeó a Jesús con un bastón para castigarle por su modo de responder a la suprema autoridad judía durante el juicio ante el Sanedrín (Mc 15, 19; Jn 19,3). Las piernas de este cadáver no están quebradas; sin embargo, era usual romperlas cuando se quería hacer morir rápidamente a los crucificados. El reo de la síndone recibió una lanzada en el costado para verificar su muerte, pues la sangre que fluyó del corazón es la de un cadáver. Juan narra con detalle esta lanzada y el flujo de sangre y suero que brotó de la herida (Jn 19, 32-34).

Una tumba particular.

Por lo demás, no deja de ser sorprendente que este ajusticiado haya sido sepultado en una tumba particular, en lugar de ser arrojado a la fosa común, y además envuelto en una tela de lino costosa, en la que se derramó un ungüento de aloe y mirra. Los evangelios refieren cómo José de Arimatea y Nicodemo envolvieron a Jesús en un lienzo de lino y derramaron sobre él unas cien libras de estos dos perfumes (Mc 15, 42-46; Jn 19, 38-40). Por último, una cosa sorprendente es que el cadáver que ha envuelto la sábana santa no ha sufrido corrupción, pues no hay signos de putrefacción en la tela.
Otros rasgos, aun siendo comunes a toda crucifixión, también pueden ayudar a identificar el personaje de la síndone. La parte posterior de los hombros está cubierta de magulladuras a causa de haber cargado la cruz. Esta cruz consistía sólo en el patibulum o palo transversal, y solía pesar unos 40 kilos. Las heridas de los azotes en esta parte del cuerpo están aplastadas, pero no desgarradas a pesar del roce del patibulum. Los evangelios nos dicen que Jesús cargó con su cruz, pero a causa de su debilidad por la tortura recibida no pudo llevarla Él mismo hasta el Calvario, necesitando la ayuda del Cirineo (Mc 15, 21). Además, Jesús caminó vestido hasta el Calvario (Mc 15, 20); las heridas, por tanto, no estuvieron en contacto directo con la madera. La sangre del hombre de la sábana santa prueba que este reo murió deshidratado, sufriendo una gran sed. Juan señala en su Evangelio el tormento de la sed que padeció Jesús (Jn 19, 28s).
Estas características, y otras no señaladas por falta de espacio, ponen de manifiesto la identidad de la víctima: Jesús de Nazaret. En su homilía del 24 de mayo de 1998 en la catedral de Turín, Juan Pablo II definió la sábana santa como un espejo de los relatos evangélicos de la pasión y muerte de Jesús. Si la Tierra Santa ha sido considerada el "quinto evangelio", la síndone debemos considerarla el quinto relato de la tortura de Jesús. Y ciertamente mucho más expresivo que las breves narraciones transmitidas en los primeros escritos cristianos. No obstante, el significado de todo este sufrimiento sólo viene explicitado por el anuncio de la Iglesia: «En el inconmensurable sufrimiento que documenta, el amor de Aquel que "tanto amó al mundo que dio a su Hijo únio" (Jn 3, 16) se hace casi palpable y manifiesta sus sorprendentes dimensiones. Ante ella, los creyentes no pueden menos de exclamar con toda verdad: "Señor, ¡no podías amarme más!", y darse cuenta en seguida de que el pecado es el responsable de este sufrimiento: los pecados de todo ser humano» (Juan Pablo II).
En algunos libros y documentales recientes se suele apelar a la resurrección para explicar la formación de la imagen; es más, la sábana se considera una prueba de este hecho.

Indicios excepcionales.

La resurrección de Jesús es un acontecimiento único, cuya verdadera naturaleza la expresa la Iglesia en el credo con estas palabras: «resucitó al tercer día, según las Escrituras, subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre». Es decir, la resurrección de Jesús no es un volver a la vida en este mundo, sino su exaltación a la gloria del Padre. Se trata de un acontecimiento que tiene lugar en el más allá, no cognoscible por el hombre con sus meras capacidades intelectivas. Ahora bien, este evento acontece al crucificado Jesús de Nazaret; por tanto, no será posible constatar alguna huella o señal en este cadáver. Los primeros testigos cristianos dejaron constancia de la desaparición del cuerpo en el relato del hallazgo del sepulcro vacío como primer indicio de la resurrección; dato que los adversarios judíos no pudieron negar e intentaron justificarlo mediante su robo por parte de los discípulos. De igual modo, podemos considerar otro indicio en la síndone, en cuanto testigo de algo singular: el cuerpo que envolvió no sufrió el proceso normal de corrupción que sucede en cualquier muerto. La causa de esta extraña peculiaridad sólo puede ser identificada acogiendo el testimonio de los discípulos que le vieron gloriosamente vivo después de su muerte.


 


(Artículo cedido por la revista Huellas)

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